Locura en un bar

lunes, 21 de julio de 2008

 

La ciudad ofrece muchos escondites secretos para cometer pecados. Tras una esquina traficada, hay una calle algo desierta. Una puerta invita a entrar. Atmósfera acogedora, música empalagosa, luz tenue, un banco minúsculo donde apretadamente entran dos.

La conversación los acercó. Inquietamente cerca. Perturbadoramente juntos. Un abrazo que es detonante para besos largos, enloquecedores, con sabor a malta fermentada.


La tela es obstáculo para sentir la piel que quema, pero las manos se abren paso... el exhibicionismo y la desverguenza apenas simulada, disimulada apenas, pues quiso disfrutar sentirse así de bien. Después de tanto tiempo de no darse tiempo, lo merecía. Merecía esa cercanía. Merecía esas caricias. Aunque sean semipúblicas.

Y mientras iba derritiendose ahi abajo, y mientras él lo notaba, permitiendole a sus pezones escaparse de su blusa, seguramente ante la vista del barman que llenaba los jarros con más cerveza helada. Sin un ápice de recato, succionando por micras de segundo aquellos rosados chupones que erectos eran indicio de querer llegar aún más lejos.

Pero es tarde ya.