La pequeña muerte

martes, 17 de junio de 2008

 

Al llegar al refugio en un viñedo citadino enclavado en algún lugar perdido y a la vez conocido, ellos se adosaron con precipitada ternura. A él le gusta mirar en los ojos femeninos esa dulzura que los demás atropellan. Mientras se hunde en el café de los iris de la ingenua libertina, sus manos recorren los turgentes senos, deteniéndose en sus pezones que han reaccionado ya, volviéndose chupones invitando ser succionados. Ella se entrega, sin pudores, sin límites, ansiosa, desea que su ángel le haga el amor de una vez por todas. Desvergonzada, se despoja de su blusa, sus senos erguidos se levantan ante él, quien abarca con sus manos su tibieza.

El empieza un recorrido entre las piernas de la ingenua libertina. Ya destilando lujuria, ella se estremece ante cada avance. Su clítoris se yergue entre las yemas de los dedos del ángel, quien juguetea, dando vueltas, entrando, saliendo de la húmeda cueva coronada por aquel clítoris erecto. En su delirio, el se adentra en su vagina. Entra sin entrar, ella preferiría abrazar su pene entre sus piernas, pero él se niega a ser uno más en la lista de ingenua libertina.

Así, el ángel continúa manipulando, acariciando, volviéndola loca. Así, hasta que un telúrico sacudón la hace vibrar, erupción del volcán que ella lleva en su entrepierna, espasmos visiblemente notorios que la acercan al umbral de la muerte, tras atravesar ese túnel oscuro, llegando a la luz del orgasmo que la ciega, la derrite, la domestica por un momento.

Merci pour cette petite mort