Confesiones de una ninfómana

domingo, 29 de junio de 2008

 

Me encanta el sexo. Me fascina ser penetrada. Podría hacerlo a todas horas, en cualquier lugar. Cuando me presentan a un hombre imagino ¿cómo tendrá su pene?, ¿cómo se moverá? Y la conversación sigue, dónde estudiaste, qué tal el negocio, cómo van los niños, ya pagaste los impuestos. Pero yo sigo imaginándolo sobre mi, bombeando, sudando, gimiendo. Me muestra las fotos de sus hijos, y yo, ignorando las dulces imágenes impresas, me fijo solo en los vellos de los nudillos de sus manos, imagino sus dedos jugueteando en mi vagina, y me humedece pensar que él no tiene idea de mis sucios pensamientos.



Así por el estilo. Tengo esas ensoñaciones constantemente. ¡Es enfermizo! No puedo concentrarme pues mientras visito a un cliente, mientras estamos en la obra y me enseña sus proyectos, yo imagino que me acorrala a un rincón alejado, me arranca el brassiere y me pasa la lengua por los pezones. Y mis pezones, realmente se despiertan, asomando por mi blusa, delatando mi erotismo incipiente y provocador.

Es difícil ser así. Puedo ser tachada de puta. Pero no lo soy, porque no cobro. De indigna, pero no lo soy, porque no denigro mis principios. De mala mujer, pero no lo soy, porque no le hago daño a nadie. De pecadora, pero no lo soy, porque María Magdalena tuvo lugar privilegiado en la vida de Jesús. Pueden tacharme de libertina, callejera, prostituta... no me afecta, porque no lo soy. Solo soy auténtica. Me encanta el sexo. Me fascina ser penetrada.