El primer encuentro sexual

sábado, 26 de abril de 2008

 

La ropa se quedó tirada en el hall del motel. Arrancaste mi blusa mientras nos bajábamos del carro, así. Ya habías explorado debajo de mi falda, mientras nos dirigíamos a las afueras de la ciudad en busca de ese refugio, tus dedos se embebieron de mi néctar, sin obstáculos, pues no llevaba ropa interior. Y mientras manejabas, traviesa, bajé el cierre de tu pantalón, confirmando tu dureza que desvergonzadamente saboreé en el trayecto.

Casi hicimos el amor en el capó del carro. Liberaste mis senos de su armadura, desbordándolos de sus copas, atrayendo hacia ti mis pezones, abarcándolos entre tus dientes. Así quedó tirado mi brassiere fuera de la habitación. Quién creyera que recién nos vimos a los ojos media hora antes...

Ya no eramos letras apareciendo en una ventana del messenger. Ya no eramos una voz, una imagen de webcam, una foto estática de mala calidad tomada con el celular. Eramos un hombre y una mujer, encendidos, como brasas, aferrandose el uno al otro, dispuestos a fundirse hasta alcanzar el placer. Atrás quedaron las diferencias que siempre nos mantendrán separados, eso no importa aquella tarde en la que vamos a hacer el amor.

Me lanzas a la cama, instintivamente mis piernas se entreabren, mi entrepierna chorrea lujuria, que golosamente absorbes, mientras arrancas gemidos del fondo de mi garganta, mis muslos rodean tu cuello, a la vez sigues lamiendo y sorbiendo. Dilatada, predispuesta, suplicando ser penetrada, te lo pido varias veces. Con sadismo te niegas, y continuas convirtiendo mi cuerpo en una hoguera.

Ahora es mi turno de retomar tu miembro entre mis manos, y llevarlo a mis labios, acariciándolo, devolviéndote las caricias que me hicieras minutos antes. Llevas tu cabeza hacia atrás, entrecierras tus ojos, y con tus manos guías mis movimientos, suave al principio, violentamente cada vez.

Es momento de tu entrada en mi. Me acomodo felinamente, cuadrupedamente, con tus manos agarras mis caderas, atraes mi cuerpo hacia ti y sin compasión te hundes. Lubricada, mi vagina te da la bienvenida apretándote, haciéndote estremecer ante cada movimiento. Mis senos cuelgan, los amasas con tus manos cuadradas, apretándolos, hasta causarme una leve sensación de dolor, que me lleva a un éxtasis casi esotérico.

Un par de variantes más, sientes que debes correrte, llenándome de tu placer líquido que se derrama en mi cara, en mis senos, en mi vientre. Solo de recordarlo mis labios vuelven a humedecerse. Tu sabor alcalino regresa a mis papilas. Vuelvo a tener hambre de ti. Ardo por vivir una segunda vez.