El Paraíso y mi príncipe inventado

sábado, 10 de noviembre de 2007

 

Camino por aquella amplia playa en la que de repente me encuentro, sola...no sé cuánto tiempo llevo aquí, mi vestido está hecho girones, mi pelo está quemado por el sol, mi piel está tan tostada que al tacto se siente como papel... parece que por primera vez estoy consciente de que estoy perdida, cómo llegue aquí, cuánto tiempo llevo aquí, cómo he sobrevivido. No lo sé. Noto que mi cabello ha crecido al descuido, noto cicatrices en mis piernas, mis vellos superfluos han crecido antiestéticamente sin que nada pueda hacer yo. ¿Qué ha pasado Dios?, pienso mientras me dejo caer en la tibia arena. Observo el mar. Es fiero, amenazador, sus olas rompen violentamente a mis pies. Sin embargo su color es un turquesa indescriptible, se pueden ver los caracoles hundirse en los laberintos creados por su lento caminar. Caminar... comienzo a caminar por la orilla, mas resulta peligroso, al dar el tercer paso el agua me llega a las clavículas. Retrocedo. La marea continua subiendo. Doy la espalda al océano con la inquietante sensación de sentirme observada. El sol empieza a caer, el agua toma matices naranjas, el cielo se torna rosado. ¡Nunca había visto un cielo rosado! Abstraída por tal increíble cuadro, me quedo estática por unos segundos. El agua empieza a cubrirme nuevamente... debo retroceder... doy pasos hacia atras como queriendo capturar en mis ojos las pinceladas que el Creador dibujó en ese cielo rosado, ese sol que parece hundirse cada vez más rápidamente. De pronto tropiezo. Caigo torpemente por ir dando pasos hacia atras. Para mi sorpresa, soy atrapada por unos brazos masculinos.

Lo miro asustada, el hombre es el retrato del príncipe azul de mis cuentos infantiles: alto, de gruesas cejas oscuras, una barba descuidada, manos grandes, cuadradas, blancas, muy blancas y suaves, de una suavidad que contrasta con su recio perfil masculino. Sus ropas también están raídas, parece un náufrago... sus camisa, otrora blanca, dejaba escapar los varoniles pelos de su pecho amplio... ante tan perfecta visión, ridículamente me desmayé.

Horas después, supongo fueron horas pues por la ventana de la choza en la que me encuentro veo un cielo profundamente negro tachonado de miles de estrellas. Nunca había visto tantas... La ausencia de luna las hacía brillar como diamantes sobre un terso terciopelo. De pronto, vuelvo a ver a mi príncipe. Me trae una bebida humeante en un recipiente que no puedo precisar, no era un coco, no era un jarro, no era de cerámica, mucho menos de plástico. Verlo llegar es lo que cuenta. Quise saber, qué hacemos ahí, por qué, dónde estamos, por qué no nos rescatan, cuánto tiempo llevamos ahí, quién es él... mil preguntas se agolparon en mi cabeza, pero ninguna pudo salir de mi garganta. Comprendí que había perdido el habla. Él tampoco hablaba... en ese momento lo entendí también... Pero, qué hago... bebí el contenido de aquel brebaje que me trajo mi príncipe, calentando mis entrañas. En ese momento, él me cubrió con una manta. Me sentí tan protegida que no me importó no entender mi situación, mi amnesia, mi mudez...
Transcurrieron los días. Mi príncipe salía por las mañanas, traía alimentos, frutas exóticas que nunca antes había imaginado, agua dulce, cristalina, helada, nunca entendí como podría estar helada, pero así sucedía... Durante sus horas de ausencia, yo caminaba en un verde oasis que descubrí en mis caminatas, me bañaba desnuda dentro de la cascada colorida a la que un día me atreví a entrar... dentro de ella habían piedras resbalosas de todos los colores... gozaba trepando a los árboles, cada día me adentraba un poco más en aquella selva virgen, hasta que unos ojos felinos que me miraban entre las sombras detuvieron mis travesías. Dejé de aventurarme tan lejos y me limité a un cierto radio, donde recogía fibras vegetales para tejer y ver pasar así el tiempo. Siempre regresaba a la choza antes del atardecer. Mi príncipe llegaba minutos después, siempre sin hablar, mirándome dulcemente. Me daba de comer en la boca los exquisitos manjares que sabrá Dios de donde conseguiría.

Un día que no puedo olvidar ocurrió algo muy especial. Había llegado más temprano de lo usual a la choza. Decidí sorprender a mi hermoso príncipe. Recogí mi pelo, improvisé con los girones de mi vestido otro atuendo, perfumé mi piel con unas hojas aromáticas que encontré en mis paseos diarios... Al verme así mi príncipe, dejó los manjares sobre la "mesa" que nos habíamos inventado. Mi olor lo atrajo. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, me haló hacia su pecho tomándome de la cintura y me beso tierna, pausada y largamente en los labios... Mi corazón quería salirse por mi boca. ¡Mi príncipe estaba besándome! La sensación más deliciosa sentida en mi vida, su sabor era dulce y amargo como el café recién colado que recordaba de la civilización. La aspereza de su barba, como púas contra mi rostro, contrastaba con la suavidad de su lengua acariciando el interior de mis labios. Mis manos se entrelazaron alrededor de su nuca... no sé cuanto tiempo pasó... fue un beso interminable, que no quise finalice nunca. Cuando dejamos de besarnos, nos miramos a los ojos largamente, sin poder hablar. No fue necesario, no hacen falta palabras. Ante la hoguera de la "chimenea" de nuestra choza, hicimos el amor... me recorrió palmo a palmo, todo mi cuerpo fue saboreado por mi hermoso príncipe. Lentamente fue quitando mi ropa... mi cuerpo temblaba como una hoja al viento, sus manos moldeaban mis caderas, mis piernas que daban la bienvenida a su inminente entrada en mí... mi príncipe hermoso delicadamente me penetró, sus ojos seguían fijos en los míos... nuestra respiración se había sincronizado, nuestros gemidos al unísono eran ahora nuestro idioma. Su miembro, grande, sonrosado se aprisionaba en mis calientes y humedos adentros.

Copulamos por horas, inventamos nuevas posiciones que el kamasutra nunca imaginó. Llegamos al clímax una y otra y otra vez. Su miembro parecía conocer mis profundidades desde otras vidas, pues tocaba cada punto exacto haciéndome vibrar. Me estremecía verlo dentro de mí, lo saboreé, me saboreó, él primero, luego yo, luego simultáneamente, no podíamos parar de tocarnos. Amaneció mientras teníamos una larga sesión de sexo sin palabras...

Así viví indefinidamente en aquel paraíso onírico, con mi príncipe hermoso de miembro grande y sonrosado. Mientras esté sola me lo invento, lo disfruto, me dejo mimar por sus caricias. No perdemos tiempo con palabras ni definiciones, solo comemos, dormimos, copulamos. Tal como Dios lo quiso en el Edén.


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