Cunnilingus

viernes, 23 de noviembre de 2007

 

Nunca aprendí latín... pero por alguna extraña razón esa es la única palabrita de la que estoy segura de su significado. Sentirse saboreada, explorada lingüisticamente es tan perturbador que luego su recuerdo se vuelve masturbador.

El rito: aquella fantasía que hoy humedeció mis pantys.

Me imagino sentada, con mi falda sobre mis rodillas. Como de costumbre, no estoy usando nada por debajo. Llegas, y miras el espacio que separa mis pantorrillas. Yo, coqueta y perversa, abro mis piernas cinematográficamente, dándote la visión acelerada de mis femeninos pliegues. Te alejas y te sientas frente a mí, empezamos aquel juego acostumbrado... poso mi mano entre mis piernas, juego un momento en tu presencia, protagonizo solitaria la función exclusiva solo para ti. Subo mis manos a mi pechos ya hinchados, te veo saborear ante la vista de mis pezones como chupones rosados. Mi falda se ha arremangado totalmente, aquel venusino monte desprovisto de vellos clama ser visitado, tu varonil aroma ha hecho reaccionar a mi cuerpo, que mojado exige... la tensión es insoportable, te brindo el paisaje completo de aquel bocado jugoso de mi intimidad, como gata en celo te miro a los ojos, abierta como una rosa, hambrienta como un animal, ardiendo... por fin acortas la distancia, te ubicas a mis pies besando mis dedos, mis tobillos, ascendiendo por mis largas, largas piernas... mis muslos arden, posas tus manos en ellos, siento tu cálido aliento y tu mandíbula barbada empieza a raspar mi entrepierna. Mis ojos entonces se entrecierran, me abandono a tus caricias, echo mi espalda hacia atrás mientras empiezas tu larga sesión devocional, lamiendo, succionando, besando... los gemidos se me escapan de la garganta, absorbes mi sabor, ese nectar que mi cuerpo ha fabricado. Continuas, tus manos ahora juegan con mis pechos turgentes, sientes el latido de mi corazón, mientras mi clitoris es atrapado entre tus dientes. El tiempo parece detenerse, vibra cada célula de mi cuerpo, aquella sesión de sexo oral me ha elevado a la estratósfera, haciendo que toda mi pelvis vibre deliciosamente. Exploraste todas mis cavernas, encendiste mis volcanes. Domesticada espero ansiosa tu irrupción.

«Para otro día, preciosa...»

Besas mis labios, transmitiéndome mi propio sabor. Me dejas entreabierta, con los deseos de entregarme por completo.

Cuando quiero recordar aquella tarde, solo debo descender y captar un poco de aquel nectar, para recordar su gusto que tanto te gustó, y que te alimentó.


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